14 de abril del 2026
Hechos 10:24-35
GRACIA SIN FRONTERAS
“Entonces Pedro, abriendo la boca, dijo: En verdad comprendo que Dios no hace acepción de personas”. Hechos 10:34
Algunas verdades son tan simples… y, sin embargo, tan difíciles de asimilar. Incluso los creyentes más maduros pueden tardar en entenderlas. Pedro, el líder del grupo apostólico, el que había caminado con Jesús y visto milagros sorprendentes, todavía tenía algo que aprender: que el amor de Dios no conoce fronteras ni favoritismos. A pesar de haber sido testigo de la resurrección, Pedro aún cargaba con los prejuicios de toda una vida. Su manera de ver el mundo estaba limitada por tradiciones, costumbres y una línea invisible entre “ellos” y “nosotros”. Por eso Dios tuvo que intervenir de una forma especial. Primero, le mostró una visión sobre alimentos impuros, enseñándole que ya no debía llamar impuro a lo que Él había limpiado. Luego lo llevó a casa de Cornelio, un centurión romano —alguien que, según su educación, jamás debería haber recibido en su hogar. Y allí, mientras Pedro predicaba, el Espíritu Santo descendió también sobre los gentiles. No hubo argumentos teológicos que refutar, ni reglas que revisar. Solo una verdad incontestable: Dios no hace acepción de personas. Fue entonces cuando Pedro entendió —de verdad— que el evangelio no pertenece a un pueblo, ni a una cultura, ni a un grupo. Pertenece al mundo entero. ¿A quiénes hemos dejado fuera de nuestro mapa de evangelización porque “no encajan” en nuestro molde?
Rompe todo prejuicio que limite tu amor, Padre, y ayúdame a ver que todos han recibido de tu gracia y que no soy más digno que ellos de escuchar el evangelio. En Jesús, Amén.
El libro de los Hechos no es un relato cerrado, sino una historia que sigue viva. Comienza con un pequeño grupo de creyentes en Jerusalén y se expande, por obra del Espíritu Santo, hasta los confines del mundo. No es la historia de grandes héroes, sino la de un Dios que usa a personas comunes para cumplir un propósito extraordinario. Hechos nos recuerda que la iglesia no es un monumento, sino un movimiento. No somos espectadores de lo que Dios hizo, sino participantes de lo que Dios está haciendo hoy. En estas páginas, que comienza con los últimos capítulos de Lucas, veremos al Espíritu guiando, fortaleciendo y renovando a su pueblo en medio de toda circunstancia. Y comprenderemos que ese mismo poder sigue actuando en nosotros. Cada creyente, cada congregación, escribe un nuevo capítulo de esta historia. Por eso pedimos, como la iglesia primitiva: “Señor, concede a tus siervos que con todo denuedo hablen tu palabra”. Porque el Espíritu que los impulsó a ellos… es el mismo que hoy nos impulsa a nosotros.
Huascar de la Cruz
Es casado y tiene cuatro hijos. Ha sido pastor en México por largo tiempo, y en la actualidad funge como el director del Ministerio Reforma.