08 de abril del 2026
Hechos 3:1-16
EL SALTO QUE HACE LA DIFERENCIA
“¿O por qué ponéis los ojos en nosotros, como si por nuestro poder o piedad hubiésemos hecho andar a este?”. Hechos 3:12
La sanidad del hombre cojo que solía sentarse a la puerta del templo causó un verdadero impacto. Todos lo conocían como aquel que siempre pedía ayuda, pero ese día algo cambió. De pronto, aquel que nunca había caminado entró saltando al templo, alabando a Dios, completamente transformado. Era un milagro visible innegable, y toda la multitud se agolpó para ver qué había pasado. Pedro, lejos de aprovechar el momento para ganar admiración, aprovechó la oportunidad para aclarar lo ocurrido. Él sabía que el poder no era suyo, ni de Juan, ni de ningún apóstol. No se trataba de talentos humanos ni de espiritualidad extraordinaria. Era Cristo. El mismo Jesús que había sido crucificado y resucitado era quien había sanado a ese hombre. En tiempos donde es tan fácil poner la mirada en personas que buscan protagonismo este pasaje nos recuerda que toda la gloria pertenece a Cristo. No necesitamos apóstoles con reflectores ni creyentes que busquen reconocimiento. Lo que el mundo necesita son testigos humildes que, como Pedro, aprovechen cada oportunidad para dirigir las miradas al verdadero Salvador. Pedro no buscaba fama ni admiración; buscaba una oportunidad para hablar de Jesús. Y ese sigue siendo el papel de la iglesia hoy: ser un canal, no el centro. El mismo poder que obró en aquel hombre cojo sigue actuando en quienes creen en el nombre de Cristo.
Señor, líbranos de buscar reconocimiento mientras cumplimos con nuestra labor como siervos tuyos. Que toda la gloria y honra sean para ti. En Cristo Jesús, Amén.
El libro de los Hechos no es un relato cerrado, sino una historia que sigue viva. Comienza con un pequeño grupo de creyentes en Jerusalén y se expande, por obra del Espíritu Santo, hasta los confines del mundo. No es la historia de grandes héroes, sino la de un Dios que usa a personas comunes para cumplir un propósito extraordinario. Hechos nos recuerda que la iglesia no es un monumento, sino un movimiento. No somos espectadores de lo que Dios hizo, sino participantes de lo que Dios está haciendo hoy. En estas páginas, que comienza con los últimos capítulos de Lucas, veremos al Espíritu guiando, fortaleciendo y renovando a su pueblo en medio de toda circunstancia. Y comprenderemos que ese mismo poder sigue actuando en nosotros. Cada creyente, cada congregación, escribe un nuevo capítulo de esta historia. Por eso pedimos, como la iglesia primitiva: “Señor, concede a tus siervos que con todo denuedo hablen tu palabra”. Porque el Espíritu que los impulsó a ellos… es el mismo que hoy nos impulsa a nosotros.
Huascar de la Cruz
Es casado y tiene cuatro hijos. Ha sido pastor en México por largo tiempo, y en la actualidad funge como el director del Ministerio Reforma.